20 junio 2009

Aventura sobre la nieve

"Cuando era más joven podía recordarlo todo, hubiera sucedido o no".

(Mark Twain)

"Para Veva, en el día de su santo, de quien ella sabe, que no la olvida". La voz del locutor de Radio Cantabria Federico Llata Carrera, clara, redonda, rotunda, inigualable, daba paso a los sones de "Un rayo de sol", exitazo de "Los Diablos" que había sido la indiscutible canción del verano unos meses atrás. Parecía una broma porque, aunque un sol tímido luchaba por asomarse entre un ejército de nubes amenazantes, España vivía la más intensa ola de frío del siglo, con temperaturas de hasta treinta grados bajo cero en zonas de Cataluña, Castilla la Vieja y Albacete, una provincia que, entonces, se conjugaba junto a Murcia. En Posada había división de opiniones sobre aquella Navidad que despidió a 1970 y vio nacer a 1971. Los adultos aseguraban que estaban siendo unas fiestas de perros, pero los niños defendían que eran unas vacaciones fantásticas. Había nevado varias veces, pero nunca tanto como aquel domingo. Cayeron trapos, los más grandes que he visto nunca, durante más de una hora. Así aquella tercera mañana de enero, día de Santa Genoveva, virgen de Nanterre, la nieve había acabado por cubrirlo todo. ¡Bendita borrasca, que iba a permitir largas horas de juegos y risas infantiles!

Claro que antes estaba la obligación que la devoción. Y en aquella España mojigata del tardofranquismo aún era obligatorio -o recomendable, que venía a ser lo mismo- ir a misa los domingos y fiestas de guardar. En Posada podía seguirse el culto católico, apostólico y romano –el que había- en dos lugares diferentes: la iglesia parroquial y el colegio Don Orione. Para gustos, colores. En la iglesia oficiaba don Regino, cura rojo -decían- y hombre bueno. Así que algunas personas "de orden" preferían oír la Palabra de Dios en la coqueta capilla del Orione.

Tres amigos inseparables, Jesusín, "El Nenito" y el que intenta hilar esta historia, nos acercamos aquel día a la iglesia, donde esperaban varias sorpresas. La primera, que don Regino, tras la Eucaristía, presentó a un misionero que, después de una breve introducción sobre la situación de la Iglesia y las consecuencias del Concilio Vaticano II, empezó a hablar con la feligresía presente con palabras llanas y directas. Incluso lanzó una pregunta, que nadie contestó y que extrañó a todos, pues se suponía que en misa, rezos y cánticos aparte, el único que hablaba era el cura, y punto. El misionero, de luengas barbas grises y flaco como un galgo hambriento, vino a decir: "Veo que no estáis acostumbrados a hablar en la iglesia. Pues sabed que éste debe ser lugar de comunicación y de comunión fraterna, donde todos puedan hablar". Si hubiera existido en aquel tiempo la palabra, hubiera dicho que nos quedamos todos "flipaos". Más aún cuando, finalizada la plática de aquel cura que no parecía cura, don Regino dio paso a un grupo de jóvenes melenudos que, sentados en el suelo, empezaron a tocar sus guitarras. Interpretaron varias canciones, unas religiosas y otras no tanto; entre ellas "Viva la gente". Aquel día decidí que aprendería a tocar la guitarra, ¡qué digo!, aquel día decidí que sería guitarrista y melenudo.

Faltaba una última sorpresa, que llegó cuando salíamos del templo. Un amigo, de cuyo nombre no logro acordarme, nos espetó: "¿Sabéis la última? El Lute se escapó el día de Nochevieja de la cárcel y está escondido en Posada, en la cueva'l Raposu". La primera reacción fue de incredulidad, pero la casualidad quiso que dos guardias civiles pasaran en ese justo momento a nuestro lado. Salían de la iglesia con prisa, o eso nos pareció. Con un fuerte acento andaluz, uno le dijo al otro: "vamos a ver si le encontramos". A saber de qué hablaban aquellos dos. El caso es que creímos, por supuesto, que hablaban de Eleuterio Sánchez, "El Lute", entonces enemigo público número uno. Fieles seguidores de “El Capitán Trueno”, decidimos pasar a la acción.

Los tres colegas preparamos concienzudamente un plan: por la tarde iríamos a investigar a la cueva'l Raposu, que miraba a los prados que separaban –ya no existen- Posada de Lledíes. Era "nuestra" cueva, nuestro lugar de reunión, nuestro campamento, nuestro refugio secreto. Y a nosotros no nos asustaba ningún Eleuterio, por muy "Lute" que fuera. Antes, eso sí, teníamos que comer e ir a ver la película que, como cada domingo a primera hora de la tarde, se emitía en el cine del Orione.

"¡Ah, necesitamos una linterna", exclamó Jesusín. "De eso me encargo yo", replicó "El Nenito". El debate sobre los preparativos hizo que la hora de comer llegara en un suspiro, que la comida “de las doce” –eran otros horarios- se nos atragantara y que la sobremesa pareciera larguísima, interminable. Los adultos, la radio y la televisión hablaban aquel día de las bolsas de petróleo que se habían localizado en varios puntos de España y que nos iban a hacer ricos, multimillonarios; de la muerte de sesenta y seis personas, aplastadas por la multitud, tras un partido de fútbol en Escocia, y, por supuesto, de la fuga de "El Lute" del penal gaditano del Puerto de Santa María. Después llegó la hora de la película del Orione, la primera parte de "Qué verde era mi valle". Pese a ser una joya, también pareció eterna.

Por fin nos reunimos en la plaza, sembrada de nieve. A la sombra de Parres Piñera, don José, discutimos si era mejor echarse atrás o seguir adelante con la búsqueda del fugitivo. Nos dimos ánimos unos a otros y allá nos fuimos, inocentes, a vivir la aventura de nuestra vida. "El Nenito" con una linterna, Jesusín con un bastón que le había cogido "prestado" a su abuelo y yo con una raqueta de tenis -la única arma que encontré- avanzamos despacio. Desde luego que no era el miedo... era la nieve. No cruzamos ni una palabra, hasta que estuvimos a sólo unos metros de la cueva. ¿Entramos? ¡Qué demonios! ¡Entramos!

La maldita linterna no alumbraba más allá de nuestras narices. Y no llevábamos encima ni una triste cerilla. Así que íbamos como los topos, pero seguimos los tres adelante; más que nada, para no quedar mal delante de los otros dos. De repente, oímos un ruido sordo, como una piedra al chocar contra el suelo. O quizá fue el eco de nuestras pisadas. O tal vez la imaginación. Por un segundo nos quedamos quietos, petrificados. Nos miramos... y salimos pitando, a toda pastilla. No paramos hasta la plaza. Apostaría que batimos más de un record de velocidad. Nos sentamos en la fuente, sin resuello y blancos como aquella nieve que nos rodeaba, y acordamos no contar nada de lo ocurrido ni a padres ni a amigos. Pasamos el resto de la tarde construyendo muñecos de nieve, lanzándonos bolas y riéndonos de nosotros mismos, de la linterna, el bastón y la raqueta, y de los "valientes" que habíamos sido.

De nuevo en casa, la radio seguía encendida. Las noticias daban cuenta de una sentencia del Tribunal Supremo que multaba con 30.000 pesetas al autor del libro titulado "El mayo de la cólera y la esperanza", que hablaba (bien, claro) del mayo francés de 1968. El Supremo confirmaba un fallo anterior del indecente Tribunal de Orden Público, que consideraba que la obra contenía "conceptos que constituyen un delito de información peligrosa, en grado de frustración". Como suena. De memos, memeces. También hablaron de "El Lute", de su fuga y de que la Policía sospechaba que estaba herido y oculto en algún lugar de su Salamanca natal. ¡Pues menos mal! Y después, música. Primero, "Te quiero, te quiero", de Nino Bravo, que esa semana ocupaba el primer puesto en la lista de éxitos. Después, "While my guitar gently weeps", de "The Beatles". Definitivamente, quería ser guitarrista. ¿Estaría aún a tiempo para cambiar la carta y pedirles a los Reyes Magos que, en lugar del futbolín, me trajeran una guitarra?

15 julio 2008

La paternidad y el paraíso

"El futuro pende del aliento de los niños que van a la escuela".
Talmud (texto sagrado del judaísmo, siglos IV-V)


"Un hijo es una pregunta que le hacemos al destino". De José María Pemán puede discutirse su valía literaria -aunque quizá la política no deje ver el bosque-, pero nadie debe dudar de que sabía muy bien qué significa ser padre: lo fue hasta nueve veces. Así que tiene que ser verdad aquella frase que pronunció el autor de "Las flores del bien". Claro que, aunque sólo sea por obra y gracia de Pablo Neruda, “hijo” debe ser también por fuerza sinónimo de "poesía". Y puesto que la poesía o es revolución o se queda en nada, "hijo" y "revolución" no pueden ser sino la misma cosa. La revolución llegó a mi vida el 30 de octubre de 2007, cuando me alcanzó de lleno un poema con nombre asturiano militante: Iyán, mi hijo.


Los hijos son esos incansables monstruos que, con apenas un palmo de estatura, te ponen la casa patas arriba, te apartan de tu círculo social, te roban tu tiempo de ocio, te embargan el sueño, te secuestran las mañanas, te confiscan las tardes y se apropian de tus noches. Y, como para ellos todo es poco, evacuan además toda clase de líquidos y de sólidos, sin previo aviso, en los momentos más inoportunos. Y sin embargo nada merece más la pena que estar un segundo con ellos, porque valen infinitamente más que la suma de la casa, el círculo social, el tiempo de ocio, el sueño, las mañanas, las tardes y las noches.


Ser padre significa colocar en segundo plano los pronombres personales de primera persona, darle una vuelta de tuerca al orden de prioridades, y conocer satisfacciones impensables, impagables. Aunque esté entre las más nimias quiero citar la de dar manoletinas al estrés y redescubrir los paseos sosegados, en los que el tiempo deja de tener importancia. El nacimiento de mi hijo me ha permitido volver a lugares que había recorrido un ciento de veces en la infancia, pero que estaban semiocultos tras el velo que va creando el paso de los años. Paseos sin igual son los que conducen a Posada la Vieya (la única y auténtica Posada, pues la nueva no es sino La Vega de Bricia), a Frieras, a Samartín y a Turancias (como siempre dijo mi abuela). Porque Posada, Frieras, Samartín y Turancias conservan la esencia de lo que siempre han sido y nunca deberían dejar de ser: pueblos. En un mundo urbano y urbanizado hasta la exageración, rincones como estos son una bocanada de aire fresco. Una delicia. Paraísos.


Es verdad que me invaden una pena y una prisa. La pena tiene que ver con las gentes que ya no están. Lamento que se hayan ido, por ejemplo, Moni y Monito, matrimonio ejemplar que vivía en Posada la Vieya y que regentó en La Vega el bar Santa Ana, más conocido como El Monito, donde pasé muchas y muy buenas horas. Moni preparaba exquisitos bocadillos de lomo, y los mejores callos de la comarca. Naviza y santanuda, era una gran mujer, que veía antes personas que clientes. Por eso muchas veces, cuando, después de una larga noche de entrega juvenil a los placeres de Baco, le pedía un whisky, Moni me decía: “Lo que menos necesitas ahora es whisky. Así que voy a prepararte un bocadillo de lomo, y después… a casa”. Moni falleció hace unos meses. Monito nunca pudo superar aquella pérdida y la siguió hace sólo unas semanas. A menudo paseo junto a su casa con mi hijo. Siento su ausencia.


La prisa que me apura va pareja al deseo de que mi hijo crezca rápido. Porque me gustaría que conociera estos pueblos tal y como son ahora. Me gustaría que oyera los trinos de los pájaros que anidan en el bosque situado frente al antiguo taller de los Avines. Me gustaría que le diera tiempo a ver vacas y terneros pastando en la finca del Palaciu de Posada. Me gustaría que viera los caballos que retozan frente a la capilla de San José. Me gustaría que pudiera contar las veces que canta el cuquiellu al anochecer en El Torrexón. Me gustaría que conociera al ejército de gallinas ponedoras que organiza alocados guirigáis a la entrada de Turancias. Me gustaría que sintiera el vivificante olor a hierba recién segada… Pero no sé si le dará tiempo. Porque un vómito imparable de asfalto, hormigón y avaricia amenaza con ahogarnos a todos. No sé cuánto tiempo podrán estos pueblos desvalidos esquivar el embate devastador del presunto progreso, ese nuevo becerro de oro que adoran tántos falsos profetas.


De Pemán a Marcel Proust. Creía el escritor francés que no hay paraíso hasta que se ha perdido. Erraba: aquí hay paraíso, y aún no se ha perdido. Resiste. Ojalá aguante para que Iyán, mi hijo, y toda su generación puedan disfrutarlo.

14 agosto 2007

La cigüeña

Raro, raro, raro. Aquel 23 de julio de 1967 no iba a ser un día cualquiera. A primera hora de la mañana habían estallado voladores y más tarde empezó a oírse a lo lejos una musiquilla con aires brasileiros que anunciaba fiesta: "Incendio en Río", de Sacha Distel. Se veía mucha gente, en casa y fuera. Había más movimiento de lo que era habitual, incluso para un domingo. La estación de ferrocarril de Posada -hogar, dulce hogar- bullía. Algo pasaba.

La hija de José Alonso Zardón, "Pepe, el de la lejía", mi madre, lucía desde hacía unos meses una considerable barriga. A los dos rapaces de la casa -mi hermana Carmen y yo- nos decían que había engordado por lo mucho que había comido y porque una noche había tomado agua después de atiborrarse de castañas. Bueno, vale, para una niña que acababa de cumplir tres años y para un niño que aún no había alcanzado los cinco aquellos eran argumentos aceptables. Nada que objetar.

En la radio -entonces en Posada sólo se podían oír dos emisoras, ambas de Cantabria- sonaban aquella mañana los últimos éxitos del momento, posiblemente "Marionetas en la cuerda", de la modernísima Sandie Shaw; la marchosa "Black is black", de "Los Bravos", y "La caza", de "Juan y Junior", que esa semana estaba en el número uno de las listas de ventas españolas. Pero lo mejor, según mi infantil entender, llegaría por la tarde, cuando emitieran por televisión un nuevo capìtulo de la inolvidable serie "Viaje al fondo del mar", con el almirante Nelson, el capitán Lee, el marinero Kowalski y todo tipo de monstruos marinos.

El mundo estaba en plena ebullición. El movimiento hippie nacía en San Francisco y miles de jóvenes se adornaban el pelo con flores, se rebelaban contra la guerra, renegaban del nacionalismo y defendían el amor libre y la fraternidad universal. Los "Beatles" se apuntaban a la nueva "religión" y alcanzaban otra vez la cima con "All you need is love". Mientras Gabriel García Márquez recurría al realismo mágico para relatar la historia de la familia Buendía, Manuel Benítez, "El Cordobés", ponía patas arriba las plazas de toros; Pedro Carrasco acababa de proclamarse campeón de Europa de boxeo, y el futbolista Alfredo Di Stefano, "La saeta rubia", colgaba las botas. Justo ese 23 de julio, la anarquista Federica Montseny participaba en la ciudad francesa de Toulouse en un mitin que conmemoraba el XXXI aniversario de la revolución española y recordaba en su intervención el fusilamiento, venticinco años atrás, del también libertario Juan Peiró, tras negarse a colaborar con el fascismo gobernante.

Pero todo aquello sonaba en Posada a muy lejano, o quizás ni siquiera sonaba. Lo importante, aquel día, era que empezaban las fiestas de Santiago. Tal vez se disputó alguna carrera ciclista organizada por Felipe Sampedro y es más que posible que hubiera feria de ganado. Es difícil rescatar recuerdos tan lejanos, sobre todo si no están apuntalados con música. Lo que sí es seguro es que justo delante del lugar que hoy ocupa el edificio de la Caja Rural había varios puestos. Al menos un salón de tiro, posiblemente de los hermanos Chao, y una tómbola, en la que no paraban de tocar máquinas de escribir semiautomáticas (bolígrafos) y frigoríficos portátiles de bajo coste (botijos). Lo sé porque, a primera hora de la tarde, a mi hermana y a mí nos "facturaron", de la mano de una tía que después llegaría a centenaria. Así que a la plaza de Parres Piñera nos fuimos los tres, tan contentos. Comimos barquillos, compramos avellanas a una anciana de mirar triste y hasta tuvimos tiempo para escuchar los primeros compases de la orquesta que abrió la romería. Tal vez fuera la incombustible "Cubanacán", la eterna "Gran Capitol", o es posible que tocara "Siega Verde", una pandilla de jóvenes "ye-yes" que evitaba los pasodobles e interpretaba con maestría los éxitos de Nicola di Bari, Adamo y Jimmy Fontana. Una cosa es segura, la primera canción que sonó en la plaza aquella tarde fue "Cartagenera".

Lo pasamos pipa. Pero lo bueno también se acaba, así que, a media tarde, llegó el momento de regresar a casa. Allí nos encontramos dos sorpresas: una se llamaba María Josefa y la otra Pepe. Resulta, según explicó mi padre, que mientras andábamos de fiesta había llegado la cigüeña, en vuelo directo desde París, con dos hermanitos envueltos en una sábana colgados del pico. El asunto de los bebés me pareció perfecto, lo mismo que el hecho de que, aunque seguía en la cama, a mi madre se le hubiera pasado milagrosamente la dichosa indigestión. Eso sí, me fastidió bastante no haber llegado a tiempo para ver a la cigüeña, a la que había visto "perfectamente" todo el mundo: el médico, la comadrona, mis padres, las dos abuelas; Luisito, el factor de circulación; Álvaro, el guardagujas, y hasta el vecino de enfrente. Pero lo verdaderamente importante era que estaba a punto de empezar "Viaje al fondo del mar", así que les eché otro vistazo a los recién nacidos y fui a sentarme frente al televisor. Al fondo seguía la música: una trompeta interpretaba en ese momento la melodía de “El silencio", que popularizara Roy Etzel, y dos bebés acompañaban con sus llantos.

13 julio 2007

La tabla del cinco

Un tropel de pequeños monstruos invadía cada mañana aquella construcción mínima, liliputiense. El guirigay cesaba apenas en unos segundos: en cuanto se hacía con el mando una vieja mujer de voz imperativa, andares tardos y ojos cansados.

-¡Silencio! ¡Buenos días nos dé Dios!, gritaba ella desde la esquina más cercana a la puerta.


-¡Buenos días tenga usted!, contestaba un ejército de gargantas inquietas.


Lo primero, todos en pie, un rezo que los infantes repetían de memoria, sin pararse siquiera a entender su significado. A continuación, a signarse con desgana por tres veces -frente, boca y pecho-, a hacerse la señal de la cruz para rematar la obligatoria faena y, por fin, a sentar el culo en unos reduros asientos de madera. Aritmética, lengua, historia o religión, la anciana de la enorme verruga lo sabía todo, de pe a pa. O eso les parecía a los enanos levantiscos que abarrotaban el humilde parvulario. Un presunto libro que llamaban "Parvulito", franquismo puro y duro, superchería mentecata, era la única partitura de la desafinada orquesta de voces blancas. Niños de cinco, de cuatro, de tres y hasta de dos años, algunos como recién destetados. Veinte, treinta, quizá más, amontonados en la parva casucha que parecía de juguete. Y aquella buena mujer, sorda como el olvido y por lo tanto vocinglera, se las ingeniaba para ganarles la batalla todos los días. Sin disparar una bala; si acaso, repartiendo algún coscorrón o leves tirones de orejas.


En la raquítica barraca imperaban varias reglas de obligado cumplimiento. La primera, que al entrar había que pronunciar una frase: "Ave María purísima". A lo que la maestra respondía a voz en cuello: "Sin pecado concebida". La segunda, que si un adulto visitante -que haberlos, habíalos- le preguntaba a un niño su nombre éste tenía que responder: "Fulanito de tal, para servir a Dios y a usted". Para completar el cuadro, en mayo se cantaba, sí o sí, cada día, "Con flores a María" y se rezaba el Ángelus. Demasiada creencia para aquellos cuerpos menudos cuya única religión era el juego. Pero las normas de oro, que la mujer repetía sin desmayo, eran dos: respetar a los mayores y honrar a los padres. Estas aún sirven, aunque haya quien crea que huelen a rancio, cuando lo único arranciado es su falsa progresía. Lo mejor llegaba con las tablas de sumar, que entonces se cantaban con un soniquete monótono para favorecer su memorización eterna. El asunto empezaba bien: Uno más uno, dos; dos más uno, tres... Pero pasado un rato, los alumnos aburridos, manteniendo el mismo tonillo cantarín, cambiaban las cuentas por inocentes burlas hacia la maestra o por frases sin sentido. Lo importante era no desmadrarse, mantener el tipo sin caer en la carcajada. Porque así, la teniente mujer seguía intuyendo el mismo runrún y no se percataba de la guasa. Cosas de niños.


A media mañana llegaba el recreo, y la maestra se convertía en vigilante, guardaespaldas, policía, canguro y guardia de seguridad, todo en una. Las chicas, a un lado; los chicos, en el contrario. Y ella en todas partes. Llegada la hora justa, dos palmadas bastaban para finiquitar lo bueno y para que la marabunta volviera al redil. Y en pluscuamperfecta fila, que tenía mérito. Otro rato más entre números y letras, y poco más allá del mediodía -eran otros tiempos- a comer, cada cual por su lado, claro está. La tarde era más de lo mismo, pero con merienda. Bocadillos de foie-gras -hoy paté-, de chorizo casero -hoy ambrosía-, de jamón de york -entonces novedad- o, incluso, de margarina con azúcar, mezcla tal vez pobretona, pero sabrosa y nutritiva. De postre, fruta y, los días de suerte, más que escasos, chocolatina con cromo. La veterana enseñante era especialmente cuidadosa a la hora de comprobar que las bolsas de comida se quedaban vacías y las barrigas llenas. A media tarde, después de la enésima plegaria a todos los santos del Cielo, daba la maestra por concluida su jornada laboral, necesariamente agotadora. Y con el "maletu" a cuestas regresaban los vociferantes colegiales a sus cuarteles, y ella quedaba en paz.


La santa mujer se llamaba Otilia y tenía una escuela, la escuelina que llevaba su nombre, entre la vía del tren y un callejón sin salida, muy cerca de la plaza de Posada, en el asturiano concejo de Llanes, en los años sesenta del siglo que se esfumó. Con su infinita paciencia, repite que repite, enseñó a varias generaciones de párvulos de la parroquia de Santa María que la "m" y la "a", cuando se acercan lo suficiente, suenan a "ma", que dos más dos hacen usualmente cuatro y un sinfín de sorprendentes misterios más. Y lo hacía como si tal cosa, sin darse importancia. Otilia, la "señora maestra", juntaba letras como nadie, jamás perdía el tono cuando canturreaba la tabla del cinco, se sabía de carrerilla los principales ríos de España y era capaz de pronunciar correctamente la palabra "Mediterráneo", un verdadero drama para muchos rapaces, que se trabucaban sin remedio por culpa de la tilde traidora. Y, lo mejor de todo, era capaz de transmitir todos esos conocimientos capitales a aquella traviesa muchachada con facilidad prodigiosa, sin despeinarse. Indudablemente, era una sabia. Y buena parte de lo que hoy son sus alumnos, el cimiento al menos, es obra suya. Sirvan estas humildes líneas como agradecimiento póstumo y sincero de este torpe juntaletras hacia su primera maestra, Otilia.

12 junio 2007

"Favoritu"

Partimos aquella desapacible tarde de sábado en busca de nuevas aventuras. Nos esperaba un ejército de grillos en los prados de Lledías y una misteriosa cueva que imaginábamos morada del temido "raposu". Tras sacudirnos los miedos, enjaulamos a un significativo número de enemigos y, sin contabilizar ni una baja, hallamos restos inequívocos de que la gruta era, efectivamente, lo que habíamos soñado. Así se nos pasó el tiempo, entre batallas, juegos y averiguaciones. Hasta que el sol amenazó con dejarnos. Fue entonces cuando oímos un rumor lejano. Extraño, muy extraño. Nos detuvimos sorprendidos, y aguardamos. El ruido se acercaba, crecía. Era sordo, profundo, insistente. Entonces vivimos un instante irrepetible: un torrente imparable de agua avanzaba a toda velocidad por mitad de la vega de Lledías e iba llenando un lecho antes reseco, aunque cubierto de siempreverde. Entusiasmados con la visión, corrimos y saltamos por el cauce, justo por delante del regato impetuoso, intentando que no nos atropellara. Lo perseguimos y nos persiguió. Intentamos burlarlo y acabamos calados hasta los tuétanos. Al final el tiempo se aborrascó y apareció la lluvia. Así que regresamos, cada uno a nuestra casa, alegres y contentos pese a que sabíamos que, empapados como estábamos, nos aguardaba una buena regañina.

Fue genial porque éramos niños, y por lo tanto aún capaces de disfrutar con casi nada. Y también porque quienes lo vivimos éramos amigos y compañeros. Aquel grupo de camaradas leales, aliados inseparables, compartió muchos otros momentos únicos. Juntos, por ejemplo, asistimos por primera vez -Santiago y San José al margen- a una fiesta solos, sin padres ni alguaciles. Fue en Piedra, un día de San Antonio, en los primeros setenta del siglo que se fue. Algunos fuimos con permiso, otros arriesgándose a una bronca de cuidado. Estábamos de vuelta antes del anochecer y prometimos regresar todos los años. Nunca lo hicimos. Juntos también habíamos conocido las primeras letras en la escuela de Otilia, y después, durante un año, habíamos seguido la instrucción en un piso situado justo encima de la desaparecida peluquería de Lali. Aún más tarde estrenamos La Escuelona y conocimos después la escuela de doña María Teresa, excelente maestra y mejor persona. Exploramos los refugios de la guerra civil de La Montañesa; jugamos al fútbol en El Foru, en Bricia, en Lledías, en Quintana, en Posada la Vieya y hasta en Llanes -de donde solíamos traer casi siempre un "cestu" de goles-, y prendimos los primeros cigarrillos detrás de la iglesia de Santa María, a la sombra de un árbol viejo, que años más tarde quemaríamos en un descuido mientras enredábamos con una caja de cerillas, un puñado de azufre y unas cuantas piedras de carburo. Trastadas mil, un millón.

Partidos de fútbol en la plaza de Parres Piñera; cambios de cromos de "Vida y color" en el descanso; "tapinadas" al que se pasara de listo (o de tonto); carreras de bicicletas sin más freno que una suela reforzada por Juan, “El Zapateru”; competiciones para ver quién manejaba mejor el "gomeru"; búsqueda frenética de "ñeros"; auténticas "guerras" a manzanazo limpio; pruebas de equilibrio sobre las vías del tren; partidas al "espitu" o a las "cánicas", y tardes de "piocampo" y "esconderite". Juntos nos adentramos en los secretos adolescentes del reservado de la cafetería Los Ángeles, donde una de aquellas máquinas "expendedoras" de música a la carta nos hizo enamorarnos perdidamente de Jane Birkin, que más que cantar suspiraba aquello de "Je t'aime, moi non plus". Nos peleamos cien veces, y cien nos reconciliamos. Pero, sobre todo, nos reímos mucho, muchísimo, de casi todo. Y tantas otras cosas…

Pero aquella pandilla de la infancia, que nunca se consideró tal y que pronto rompió por los requiebros de la vida, se ha quedado incompleta. Ya no estamos todos, uno de los nuestros se ha ido para siempre. Muy pocos sabrán que se llamaba Francisco Javier Balmori Cabeza, aunque todos lo recordarán por sus apodos: “Nenito”, “Favo”, “Favoritu”. Si hizo mal -como todos hemos hecho alguna vez-, se lo hizo a sí mismo. Porque con los amigos siempre fue leal, bueno, cariñoso y legal. Aquel niño rebelde, travieso y “rebecu” fue un verdadero colega, un amigo. Y un servidor lo echa de menos.