La paternidad y el paraíso
Talmud (texto sagrado del judaísmo, siglos IV-V)
"Un hijo es una pregunta que le hacemos al destino". De José María Pemán puede discutirse su valía literaria -aunque quizá la política no deje ver el bosque-, pero nadie debe dudar de que sabía muy bien qué significa ser padre: lo fue hasta nueve veces. Así que tiene que ser verdad aquella frase que pronunció el autor de "Las flores del bien". Claro que, aunque sólo sea por obra y gracia de Pablo Neruda, “hijo” debe ser también por fuerza sinónimo de "poesía". Y puesto que la poesía o es revolución o se queda en nada, "hijo" y "revolución" no pueden ser sino la misma cosa. La revolución llegó a mi vida el 30 de octubre de 2007, cuando me alcanzó de lleno un poema con nombre asturiano militante: Iyán, mi hijo.
Los hijos son esos incansables monstruos que, con apenas un palmo de estatura, te ponen la casa patas arriba, te apartan de tu círculo social, te roban tu tiempo de ocio, te embargan el sueño, te secuestran las mañanas, te confiscan las tardes y se apropian de tus noches. Y, como para ellos todo es poco, evacuan además toda clase de líquidos y de sólidos, sin previo aviso, en los momentos más inoportunos. Y sin embargo nada merece más la pena que estar un segundo con ellos, porque valen infinitamente más que la suma de la casa, el círculo social, el tiempo de ocio, el sueño, las mañanas, las tardes y las noches.
Ser padre significa colocar en segundo plano los pronombres personales de primera persona, darle una vuelta de tuerca al orden de prioridades, y conocer satisfacciones impensables, impagables. Aunque esté entre las más nimias quiero citar la de dar manoletinas al estrés y redescubrir los paseos sosegados, en los que el tiempo deja de tener importancia. El nacimiento de mi hijo me ha permitido volver a lugares que había recorrido un ciento de veces en la infancia, pero que estaban semiocultos tras el velo que va creando el paso de los años. Paseos sin igual son los que conducen a Posada la Vieya (la única y auténtica Posada, pues la nueva no es sino La Vega de Bricia), a Frieras, a Samartín y a Turancias (como siempre dijo mi abuela). Porque Posada, Frieras, Samartín y Turancias conservan la esencia de lo que siempre han sido y nunca deberían dejar de ser: pueblos. En un mundo urbano y urbanizado hasta la exageración, rincones como estos son una bocanada de aire fresco. Una delicia. Paraísos.
Es verdad que me invaden una pena y una prisa. La pena tiene que ver con las gentes que ya no están. Lamento que se hayan ido, por ejemplo, Moni y Monito, matrimonio ejemplar que vivía en Posada la Vieya y que regentó en La Vega el bar Santa Ana, más conocido como El Monito, donde pasé muchas y muy buenas horas. Moni preparaba exquisitos bocadillos de lomo, y los mejores callos de la comarca. Naviza y santanuda, era una gran mujer, que veía antes personas que clientes. Por eso muchas veces, cuando, después de una larga noche de entrega juvenil a los placeres de Baco, le pedía un whisky, Moni me decía: “Lo que menos necesitas ahora es whisky. Así que voy a prepararte un bocadillo de lomo, y después… a casa”. Moni falleció hace unos meses. Monito nunca pudo superar aquella pérdida y la siguió hace sólo unas semanas. A menudo paseo junto a su casa con mi hijo. Siento su ausencia.
La prisa que me apura va pareja al deseo de que mi hijo crezca rápido. Porque me gustaría que conociera estos pueblos tal y como son ahora. Me gustaría que oyera los trinos de los pájaros que anidan en el bosque situado frente al antiguo taller de los Avines. Me gustaría que le diera tiempo a ver vacas y terneros pastando en la finca del Palaciu de Posada. Me gustaría que viera los caballos que retozan frente a la capilla de San José. Me gustaría que pudiera contar las veces que canta el cuquiellu al anochecer en El Torrexón. Me gustaría que conociera al ejército de gallinas ponedoras que organiza alocados guirigáis a la entrada de Turancias. Me gustaría que sintiera el vivificante olor a hierba recién segada… Pero no sé si le dará tiempo. Porque un vómito imparable de asfalto, hormigón y avaricia amenaza con ahogarnos a todos. No sé cuánto tiempo podrán estos pueblos desvalidos esquivar el embate devastador del presunto progreso, ese nuevo becerro de oro que adoran tántos falsos profetas.
De Pemán a Marcel Proust. Creía el escritor francés que no hay paraíso hasta que se ha perdido. Erraba: aquí hay paraíso, y aún no se ha perdido. Resiste. Ojalá aguante para que Iyán, mi hijo, y toda su generación puedan disfrutarlo.

