"Cuando era más joven podía recordarlo todo, hubiera sucedido o no".
(Mark Twain)
"Para Veva, en el día de su santo, de quien ella sabe, que no la olvida". La voz del locutor de Radio Cantabria Federico Llata Carrera, clara, redonda, rotunda, inigualable, daba paso a los sones de "Un rayo de sol", exitazo de "Los Diablos" que había sido la indiscutible canción del verano unos meses atrás. Parecía una broma porque, aunque un sol tímido luchaba por asomarse entre un ejército de nubes amenazantes, España vivía la más intensa ola de frío del siglo, con temperaturas de hasta treinta grados bajo cero en zonas de Cataluña, Castilla la Vieja y Albacete, una provincia que, entonces, se conjugaba junto a Murcia. En Posada había división de opiniones sobre aquella Navidad que despidió a 1970 y vio nacer a 1971. Los adultos aseguraban que estaban siendo unas fiestas de perros, pero los niños defendían que eran unas vacaciones fantásticas. Había nevado varias veces, pero nunca tanto como aquel domingo. Cayeron trapos, los más grandes que he visto nunca, durante más de una hora. Así aquella tercera mañana de enero, día de Santa Genoveva, virgen de Nanterre, la nieve había acabado por cubrirlo todo. ¡Bendita borrasca, que iba a permitir largas horas de juegos y risas infantiles!
Claro que antes estaba la obligación que la devoción. Y en aquella España mojigata del tardofranquismo aún era obligatorio -o recomendable, que venía a ser lo mismo- ir a misa los domingos y fiestas de guardar. En Posada podía seguirse el culto católico, apostólico y romano –el que había- en dos lugares diferentes: la iglesia parroquial y el colegio Don Orione. Para gustos, colores. En la iglesia oficiaba don Regino, cura rojo -decían- y hombre bueno. Así que algunas personas "de orden" preferían oír la Palabra de Dios en la coqueta capilla del Orione.
Tres amigos inseparables, Jesusín, "El Nenito" y el que intenta hilar esta historia, nos acercamos aquel día a la iglesia, donde esperaban varias sorpresas. La primera, que don Regino, tras la Eucaristía, presentó a un misionero que, después de una breve introducción sobre la situación de la Iglesia y las consecuencias del Concilio Vaticano II, empezó a hablar con la feligresía presente con palabras llanas y directas. Incluso lanzó una pregunta, que nadie contestó y que extrañó a todos, pues se suponía que en misa, rezos y cánticos aparte, el único que hablaba era el cura, y punto. El misionero, de luengas barbas grises y flaco como un galgo hambriento, vino a decir: "Veo que no estáis acostumbrados a hablar en la iglesia. Pues sabed que éste debe ser lugar de comunicación y de comunión fraterna, donde todos puedan hablar". Si hubiera existido en aquel tiempo la palabra, hubiera dicho que nos quedamos todos "flipaos". Más aún cuando, finalizada la plática de aquel cura que no parecía cura, don Regino dio paso a un grupo de jóvenes melenudos que, sentados en el suelo, empezaron a tocar sus guitarras. Interpretaron varias canciones, unas religiosas y otras no tanto; entre ellas "Viva la gente". Aquel día decidí que aprendería a tocar la guitarra, ¡qué digo!, aquel día decidí que sería guitarrista y melenudo.
Faltaba una última sorpresa, que llegó cuando salíamos del templo. Un amigo, de cuyo nombre no logro acordarme, nos espetó: "¿Sabéis la última? El Lute se escapó el día de Nochevieja de la cárcel y está escondido en Posada, en la cueva'l Raposu". La primera reacción fue de incredulidad, pero la casualidad quiso que dos guardias civiles pasaran en ese justo momento a nuestro lado. Salían de la iglesia con prisa, o eso nos pareció. Con un fuerte acento andaluz, uno le dijo al otro: "vamos a ver si le encontramos". A saber de qué hablaban aquellos dos. El caso es que creímos, por supuesto, que hablaban de Eleuterio Sánchez, "El Lute", entonces enemigo público número uno. Fieles seguidores de “El Capitán Trueno”, decidimos pasar a la acción.
Los tres colegas preparamos concienzudamente un plan: por la tarde iríamos a investigar a la cueva'l Raposu, que miraba a los prados que separaban –ya no existen- Posada de Lledíes. Era "nuestra" cueva, nuestro lugar de reunión, nuestro campamento, nuestro refugio secreto. Y a nosotros no nos asustaba ningún Eleuterio, por muy "Lute" que fuera. Antes, eso sí, teníamos que comer e ir a ver la película que, como cada domingo a primera hora de la tarde, se emitía en el cine del Orione.
"¡Ah, necesitamos una linterna", exclamó Jesusín. "De eso me encargo yo", replicó "El Nenito". El debate sobre los preparativos hizo que la hora de comer llegara en un suspiro, que la comida “de las doce” –eran otros horarios- se nos atragantara y que la sobremesa pareciera larguísima, interminable. Los adultos, la radio y la televisión hablaban aquel día de las bolsas de petróleo que se habían localizado en varios puntos de España y que nos iban a hacer ricos, multimillonarios; de la muerte de sesenta y seis personas, aplastadas por la multitud, tras un partido de fútbol en Escocia, y, por supuesto, de la fuga de "El Lute" del penal gaditano del Puerto de Santa María. Después llegó la hora de la película del Orione, la primera parte de "Qué verde era mi valle". Pese a ser una joya, también pareció eterna.
Por fin nos reunimos en la plaza, sembrada de nieve. A la sombra de Parres Piñera, don José, discutimos si era mejor echarse atrás o seguir adelante con la búsqueda del fugitivo. Nos dimos ánimos unos a otros y allá nos fuimos, inocentes, a vivir la aventura de nuestra vida. "El Nenito" con una linterna, Jesusín con un bastón que le había cogido "prestado" a su abuelo y yo con una raqueta de tenis -la única arma que encontré- avanzamos despacio. Desde luego que no era el miedo... era la nieve. No cruzamos ni una palabra, hasta que estuvimos a sólo unos metros de la cueva. ¿Entramos? ¡Qué demonios! ¡Entramos!
La maldita linterna no alumbraba más allá de nuestras narices. Y no llevábamos encima ni una triste cerilla. Así que íbamos como los topos, pero seguimos los tres adelante; más que nada, para no quedar mal delante de los otros dos. De repente, oímos un ruido sordo, como una piedra al chocar contra el suelo. O quizá fue el eco de nuestras pisadas. O tal vez la imaginación. Por un segundo nos quedamos quietos, petrificados. Nos miramos... y salimos pitando, a toda pastilla. No paramos hasta la plaza. Apostaría que batimos más de un record de velocidad. Nos sentamos en la fuente, sin resuello y blancos como aquella nieve que nos rodeaba, y acordamos no contar nada de lo ocurrido ni a padres ni a amigos. Pasamos el resto de la tarde construyendo muñecos de nieve, lanzándonos bolas y riéndonos de nosotros mismos, de la linterna, el bastón y la raqueta, y de los "valientes" que habíamos sido.
De nuevo en casa, la radio seguía encendida. Las noticias daban cuenta de una sentencia del Tribunal Supremo que multaba con 30.000 pesetas al autor del libro titulado "El mayo de la cólera y la esperanza", que hablaba (bien, claro) del mayo francés de 1968. El Supremo confirmaba un fallo anterior del indecente Tribunal de Orden Público, que consideraba que la obra contenía "conceptos que constituyen un delito de información peligrosa, en grado de frustración". Como suena. De memos, memeces. También hablaron de "El Lute", de su fuga y de que la Policía sospechaba que estaba herido y oculto en algún lugar de su Salamanca natal. ¡Pues menos mal! Y después, música. Primero, "Te quiero, te quiero", de Nino Bravo, que esa semana ocupaba el primer puesto en la lista de éxitos. Después, "While my guitar gently weeps", de "The Beatles". Definitivamente, quería ser guitarrista. ¿Estaría aún a tiempo para cambiar la carta y pedirles a los Reyes Magos que, en lugar del futbolín, me trajeran una guitarra?